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Dust, de Hugh Howey

[Muy ligeros spoilers de la trilogía Silo]


Más allá de la apasionante especulación sobre ingeniería social planteada a lo largo de la trilogía de los silos de Hugh Howey; más allá del destino totalmente inesperado de varios de los personajes; más allá de las respuestas definitivas a muchos de los misterios, y de las dudas que aún quedan flotando respecto a otros, existe una pregunta que sirve de núcleo filosófico al drama planteado en Dust: ¿Qué sacrificios deben asumir los líderes, quiéranlo o no, como conductores de las sociedades? La más notable victoria de este capítulo final reside en llevar a Jules, la protagonista, a situaciones extremas, a momentos de duda despiadada, casi paralizante, a puntos de quiebre imposible, para salir de ellos fortalecida, quizá abatida por momentos, pero a la larga triunfal y, sobre todo, convertida en magnífica guía para el nuevo mundo. 

El problema con historias como Wool es que, luego de la presentación de un mundo tan rico en detalles y en personajes que se sienten tan reales a pesar de las circunstancias kafkianas, y, más aún, luego de mostrar atisbos de misterios tan portentosos, cuando el final se acerca es difícil cerrar la historia de manera que haga justicia al universo creado. En este caso, el final ha sido más que respetuoso del mundo propuesto: sobre todo con sus personajes y, qué duda cabe, en especial con Jules, una de las más emblemáticas heroínas de la ciencia ficción contemporánea, de una profundidad y complejidad narrativa enorme a pesar de encontrarse inmersa en tal absurdo entorno, gracias entre otras razones al impecable balance entre los momentos de triunfo eufórico y los episodios de terrible incertidumbre a los que se ve sometida mientras busca desesperadamente un futuro para su gente. 

Los temas planteados en las dos primeras partes de la trilogía han sido resueltos de manera más que elegante, en su mayoría; quizá hubiese gustado un poco más de exploración de algunos de los elementos técnicos más intrincados del mundo de los silos, pero era comprensible y, más aún, deseable, que el foco recayese sobre los personajes: en ese sentido, Dust ha sido un triunfo total. 

Las grandes historias, sean épicas o íntimas, estén basadas en hechos reales o sean producto de la más salvaje imaginación, abarquen generaciones o estén centradas en unos pocos días en la vida de algún personaje, son aquellas que permanecen en la mente del lector; son aquéllas que, incluso meses o años después de haber concluido su lectura, hacen que nos preguntemos: “¿Qué estará haciendo tal o cual personaje?” o, “¿Justo ahora, qué estará pasando en tal lugar?”, como si añorásemos a algún amigo ausente o cierto país visitado, sin importar que se trate de seres ficticios o sitios irreales. Dust y, sobre todo, la trilogía de los silos, lo logran maravillosamente bien; más aún, fiel al espíritu esencial de su propuesta narrativa, sigue generando preguntas y sugiriendo respuestas ante cuestiones de extrema complejidad a las que no sería extraño haya de enfrentarse la humanidad en un futuro, de una forma u otra. Es, en fin, el cierre esencialmente impecable que merecía la pasmosa fantasía claustrofóbica de los silos.   

Ricardo Cárdenas
@kidentropia 

Bradbury, el tiempo y el desierto

Dos de las grandes obsesiones narrativas de Ray Bradbury fueron el tiempo y el desierto. El desierto, una especie de avatar de la eternidad inmutable, el gran escenario sobre el cual muchas de las más bellas historias del escritor se desarrollan. Y el tiempo, esa sustancia nebulosa que tanto cuesta definir, pero que sabemos que pasa y deja huellas en nosotros. El contraste entre ambas obsesiones le da vida a un capítulo memorable de las Crónicas Marcianas, una de las creaciones fundamentales del autor, que cuenta la historia de la colonización del planeta rojo por los humanos.

En dicho episodio, un humano y un marciano se encuentran en el mismo espacio, en el desierto de Marte, pero en tiempos distintos (maravillas inexplicables de la mecánica cuántica, seguramente). No es una situación normal para ninguno de los dos; el absurdo parece estar a punto de arrebatarles la cordura. Eventualmente comprenden que se han topado en momentos distintos de la historia marciana; entablan una apasionada discusión sobre quién es real y quién es un fantasma. Ninguno gana. O los dos ganan. Al final convienen en que es inútil discutir. Ambos existen, cada uno en su espacio, cada uno en su tiempo. En la obra bradburiana, el tiempo adopta mil formas, permeando cada línea, cada situación, cada escenario, cada objeto; el afán por entender su naturaleza es comprensible: la vida pasa a través de él; el universo sólo puede demostrar su existencia y su terrible fragilidad a través de él. La vida, la memoria, el amor, la esperanza, pero también la muerte, la desesperanza, el desamor, el olvido, son títeres del tiempo, al cual los humanos nos aferramos, temerosos de nuestro destino, conscientes que nuestra existencia sólo puede determinarse por el paso del mismo. En este capítulo Bradbury asocia el tiempo con un cierto aroma, con un cierto sonido, con una cierta apariencia. El tiempo huele a polvo, a relojes, a recuerdos. El tiempo suena al agua en una cueva, al llanto y a la risa, a voces tristes y alegres; el tiempo se parece a una película muda en un viejo cine. El tiempo es el encuentro de dos seres separados por un millón de lluvias cósmicas, por un millón de amaneceres y crepúsculos, por un millón de cataclismos cósmicos; el encuentro de dos seres separados por un millón de muertes y un millón de nacimientos, por la destrucción de un planeta y la resurrección de otro. Cada uno de los personajes se dirige a una fiesta, aunque nunca nos dicen el motivo: y no importa, sabemos que celebrarán el tiempo y su carácter implacable; lo celebrarán como marcador de nuestro paso por el Universo.  Celebramos porque estamos vivos, o porque estamos muertos; porque hemos ganado algo o perdido algo. Mientras tanto, el tiempo sigue imponiendo sus designios.

El marciano y el humano se alejan, cada uno por su camino, cada uno en su tiempo, en su momento imperfectamente perpetuo. Una improbable perturbación temporal los ha acercado un instante en el inmenso desierto marciano, y ese instante han de recordarlo mientras vivan. Una hermosa alegoría de nuestra transitoriedad vital y de nuestro afán exploratorio yace en pocas páginas, y a través del acercamiento de esos dos seres, separados por miles de años y millones de kilómetros, somos testigos y protagonistas del sufrimiento y el gozo de la asombrosa existencia.

Ricardo Cárdenas         
@kidentropia 

Wool, de Hugh Howey: una maravilla claustrofóbica

Wool, de Hugh Howey, todo un suceso de la distribución literaria digital, plantea una serie de difíciles preguntas respecto de situaciones a las que, como especie, nos hemos enfrentado en el pasado pero que, más aún, podríamos enfrentar en el futuro.  

El libro cuenta la historia de una comunidad que vive dentro de un silo subterráneo gigante, en medio de un ambiente tóxico y arruinado; para poder subsistir y protegerse, esta sociedad está sometida a regulaciones y controles estrictos: escenario claustrofóbico básico que da origen a una tensión dramática permanente, perfectamente equilibrada. Gran parte de su atractivo y de su triunfo surgen del muy bien logrado ritmo narrativo que enriquece la experiencia del lector. Así, en un pasaje clave, somos testigos de la conversación entre dos personajes, y con cada nueva línea de diálogo nos acercamos más y más a la terrible (y maravillosa) confirmación de nuestra sospecha: y saber que el autor nos va llevando de forma impecable hasta el final, ratificando nuestro temor a cada línea, hace la recompensa más impactante. 

Wool está habitada por seres que viven, que sienten, que temen; seres que eventualmente empiezan a sospechar que hay algo que no está bien, que la realidad en la cual están inmersos es una especie de montaje; personajes que, a pesar del enormísimo riesgo de lo desconocido se adentran en la exploración de ámbitos inhóspitos, y buscan, sin importar el precio, respuestas a preguntas que tendrán consecuencias profundas, en ocasiones devastadoras, en sus vidas. Una etiqueta cómoda para la novela podría ser la de “distopía post-apocalíptica”: etiqueta adecuada que le calzaría a las mil maravillas, pero que dejaría fuera muchas de las aristas que hacen la historia tan compleja y tan rica en episodios y héroes. Una historia que reafirma que, a pesar de nuestros recelos, a pesar de la incertidumbre fundamental de la existencia, los humanos no podemos resistir el deseo incesante de explorar y encontrar explicación al mundo que nos rodea, incluso en las más adversas condiciones. Un clásico instantáneo de la ciencia-ficción contemporánea.  

Ricardo Cárdenas
@kidentropia

Iain Banks y la Cultura


El pasado nueve de junio murió el escritor escocés Iain Banks, prolífico en varios géneros, principalmente la ciencia-ficción y la fantasía. El anuncio de su muerte sorprendió no tanto por el evento en sí, que ya se esperaba (pocos meses antes el propio escritor había anunciado en público que padecía de cáncer y le quedaban pocos meses de vida), sino por lo pronto. Deja como legado literario una obra rica y compleja, siendo su gran creación intelectual la Cultura.

En efecto, la mayor parte del trabajo de Banks se centró en una serie de novelas que, a pesar de desarrollar tramas independientes entre sí, todas se desarrollaron en el ámbito de la Cultura, una civilización grupal formada por varias especies humanoides:

“[…] de las cuales elementos habitantes del espacio establecieron una federación laxa hace aproximadamente nueve mil años. Las naves y hábitat que formaron la alianza original requerían del apoyo mutuo de las varias especies para alcanzar y mantener su independencia de las estructuras políticas del poder a partir de las cuales habían evolucionado”.

Dentro de este universo literario, las varias especies que forman la Cultura han alcanzado un grado de desarrollo tecnológico tal que les ha permitido obtener una gran maestría en el uso de diversas técnicas, manipulando fuentes de energía enormes y recursos biológicos de distinta naturaleza. Algunas de las proezas técnicas que han alcanzado incluyen:

Antigravedad y campos de fuerza
Inteligencia artificial
Manipulación energética
Manipulación genética
Desplazamiento de la materia
Respaldos de conciencia/personalidad
Naves interestelares y motores warp
Nanotecnología

            Este lienzo especulativo permite plantear una serie de eventualidades a las cuales la humanidad podría enfrentarse en un futuro, si logramos superar los obstáculos inherentes a nuestra joven especie; algunos de estos planteamientos incluyen la interacción inteligencia orgánica/inteligencia artificial, la naturaleza y el comportamiento del poder político y el poder moral en el contexto de una diversidad sociocultural extrema, e incluso cuestiones últimas como el significado de la existencia:
           
“[…] Filosóficamente, la Cultura acepta, de manera general, que preguntas tales como ´¿Cuál es el significado de la vida?´ carecen, en sí mismas,  de significado. La pregunta implica –en efecto, una respuesta a tal pregunta exigiría- un marco moral más allá del único marco moral al que podemos acceder  sin recurrir a la superstición (abandonando de esta forma el marco moral que informa –y que es simbiótico con- el lenguaje en sí). En resumen, nosotros construimos nuestros propios significados, nos guste o no.”

Las historias de la Cultura han sido consideradas como parte de un género de la ciencia-ficción denominado el de la “astropolítica”, a la que pertenecen obras clásicas como la serie de novelas Dune, de Frank Herbert. En io9, en conmemoración de Banks, publicaron una lista de los aportes literarios fundamentales del escritor; una semana después de su muerte, The Guardian publicó una maravillosa entrevista con el autor.

La obra de escritores como Banks resalta el inmenso poder de la ciencia-ficción como campo de experimento intelectual respecto de nuestro destino como sociedad tecnológica.  No extrañaría que, así como algunas de las ideas de Arthur C. Clarke eventualmente se hicieron realidad,  una civilización como la Cultura exista en un futuro no demasiado lejano. La ausencia del autor deja un enorme vacío, pero seguramente sus ideas servirán de inspiración para otros escritores, pensadores y científicos.  

En el video, Iain Banks habla sobre su vida y su obra:



Ricardo Cárdenas  

@kidentropia